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‘Happier than ever’ de Billie Eilish, el éxito de no rendirse al éxito

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Escuchar a una estrella del pop cantando lamentos por la presión que conlleva el éxito, que es básicamente lo que hace Billie Eilish en el arranque de su nuevo disco, puede parecer un poco irritante. Pero ninguno de nosotros, pobres mortales, hemos estado ahí, en su situación. Ni en la de Simon Biles, por ejemplo. Y dictar sentencias sobre lo que no se conoce… eso sí que es irritante. Además, hay maneras y maneras. Y la señorita Eilish tiene clase. Eso es innegable. «Things I once enjoyed. Just keep me employed now. Things I’m longing for. Someday, I’ll be bored of» («Las cosas que una vez disfruté, ahora sólo son mi empleo. Las cosas que anhelo, algún día me aburriré de ellas»), canta la joven en ‘Getting older’, el tema de apertura de ‘Happier than ever’, probablemente el disco más esperado de la temporada.

Con 19 añitos, Eilish ha tenido que afrontar una grabación sometida a unas expectativas desbordadas, y ha respondido con inteligencia: sin salirse de su estilo, pero sin repetir fórmulas. Y con esto nos referimos a que no hay un ‘Bad Guy’ en el álbum. Desde los despachos de su discográfica hasta las habitaciones de sus fans, habrá quien rastree el repertorio una y otra vez buscando un sucesor al megahit que abrió las compuertas al huracán Eilish, pero no lo hay. Ni siquiera la bailonga ‘Oxytocine’ -según ella, compuesta explícitamente para el directo- pertenece a esa estirpe, y esto debe ser interpretado como un punto a favor de la autora, al menos desde la perspectiva de los fans que sólo desean ver volar libre a su ídolo, en lugar de poseerlo.

En el siempre temido segundo disco, Billie Eilish da respiros a su romance con la electrónica sombría para coquetear con la bossa nova y con el neosoul al estilo Winehouse, habla con sagacidad sobre la pérdida de la intimidad y sobre las maquinarias de coerción sexual, y fortalece su estilo propio en un viaje de 16 canciones que parte de la muerte de la inocencia, pasa por el autodescubrimiento de debilidades latentes y termina en la catarsis de la superación y el empoderamiento.

‘Happier than ever’ es un disco mucho menos urgente y que requiere más escuchas para penetrar que su debut. Pero en sus Eilish vuelve a mostrarse como una artista con fortísima personalidad, que roza el vanguardismo sonoro sin ponerse plasta ni pretenciosa, que epata por el abrumador contraste entre su edad y las cosas que dice, y que al prescindir de cánones de automatismo está preguntando a sus seguidores si están con ella o contra ella. La cuestión más interesante es, ¿cómo podrá crecer una artista que a sus 19 años ya es increíblemente madura?