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Críticas de los discos de la semana: The Weeknd, FKA Twigs, Cat Power, Elvis Costello y Nacho Vegas

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The Weeknd – ‘Dawn FM’ (Republic Records/Universal)

Con ‘Dawn FM’, Abel Makkonen, más conocido como The Weeknd, ha lanzado un disco analizado por dos bandos que no confluyen: el primero es el que subraya su extraordinaria capacidad para el pop electrónico, de sonido pulido influido por Michael Jackson y Prince, con ramalazos de John Carpenter. Y, el segundo, el que afea su planicie y blandura. Aquí nos quedamos entre dos tierras, como formulaba Bunbury. Aunque sin aire que respirar por aplastamiento de radiofórmula.

El primer tercio de la obra es, en lo suyo, un rodillo de recursos, arreglos y sonoridad ‘dolby surround’, ligazones entre canciones, y un ritmo endiablado de R&B, pop y hip-hop que funcionará comercialmente, a buen seguro, como un tiro de confeti. El calculado riesgo cero, o ‘savoir faire’ para hacer lo fácil difícil, va convirtiendo este lanzamiento del portento a un viaje cada vez más olvidable y repetitivo pues la sedosidad sigue pero la creatividad mengua y se seca en este el primer macrolanzamiento de 2022, con invitados como Tyler ‘The Creator’, Lil Wayne, el productor Quincy Jones y Oneahtrix Point Never, que tiene en ‘Gasoline’, ‘Take My Breath’, ‘Sacrifice’ y ‘Best Friends’ y ‘Phantom Regret by Jim’ las puntas de lanza de un álbum, además, más largo de lo habitual para este tiempo sin tiempo.

Por Javier Villuendas
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FKA Twigs: ‘Caprisongs’ (Young Recordings)

(Interior gris con acabado en madera y luces bajas. De fondo suena ‘Talco y bronce’ de Manzanita. Entre recelos mutuos, por un rincón merodean dos desconocidos. No tienen nombre)

-Perdone el atrevimiento, señorita, pero me suena usted mucho.

-Pues mire que me pongo cosas en la cara, y además, creo que no tengo el gusto de conocerlo. No soy de juntarme con mucha gente.

-No me está usted entendiendo. Cuando digo que me suena, me refiero a su sonido, a lo que canta.

-Lo dudo, porque soy artista electrónica, experimental, siempre cambiante, en busca de nuevas fronteras y estímulos, en constante excitación, en plan abismal.

-El caso es que me suena usted mucho, ya le digo, perdone que insista.

-Insista usted lo que quiera, pero soy única. Estuve en el Sónar hace seis años, con eso se lo digo todo.

-Lo que me resulta familiar es esto que ha sacado usted, ‘Caprisong’, el disco suyo.

-Es una mixtape.

-Es una mierda.

-Es lo que tiene la transgresión, que no está hecha para todo el mundo. Los artistas tenemos una responsabilidad, y la obligación del riesgo. Lo aprendí justo antes de lo del Sónar, con eso se lo digo todo.

-Es que esto de ‘Caprisong’ que acaba usted de sacar es tres cuartos de lo mismo que las electrofulanas llevan cantando en cualquier idioma desde que usted se iba de festivales.

-El Sónar no es un festival. Es un examen mental y anímico al que nos sometemos los artistas y el público más comprometido.

-¿Comprometido con qué?

-Con el progreso del arte y la cultura, qué va a ser, algo que usted no entiende.

-Si progresista lo veo, el disco suyo, por empoderado y todo eso, pero lo noto como vulgar, de poca clase, incluso chabacano… Ya le digo que me suena mucho.

-Porque es una mixtape y me ha salido pegadiza.

-Yo diría que aburrida, y mire que le pone ganas. Lleva uno casi dos años sin ir a una verbena, por lo de la pandemia y las no fiestas municipales, pero la proliferación de vídeos musicales durante todo este tiempo de restricciones y soledades ha ido construyendo ante el público el entorno virtual de una fiesta cada vez más grosera en la que no desentonaría su disco, o su casette, si me permite la expresión.

-Le repito que es una mixtape. Le he metido glitches, efectos vocales, ritmos inencontrables, distorsiones, fraseos largos y entrecortados, perturbación anímica y todo lo que he podido. Puedo más, pero no he querido pasarme. Me estoy reservando.

-¿Para qué?

-Para el disco.

(Las lámparas altas anegan la estancia de luz. Silencio sobreiluminado y distancia social. Telón)

Por Jesús Lillo
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Cat Power – Covers (Domino Recording)

Que nos reconozcamos en el arte del otro es objetivo primigenio de este. Pero, como todo, la cosa se puede llevar más allá: ¿Es posible hablar de nosotros mismos apropiándonos de las palabras ajenas? Es lo que propone Cat Power en ‘Covers’, su onceavo álbum de estudio y su tercer álbum de versiones. Aunque a veces los discos que homenajean canciones de otros pueden parecer discos de descanso –ya saben, se paró el riego creativo y se debe reflexionar–, en este caso eso no podría estar más lejos de la realidad; ‘Covers’ es un elepé construido sobre el autoconocimiento.

Si bien en esta muestra el grueso de canciones no tienen la autoría de Chan Marshall, todas hablan como si lo hiciera ella, tanto temática como musicalmente. Orbita su tema reincidente: aquello de dar muchas vueltas y no terminar de encontrarse. Además, si hablamos de lo sonoro, todas pasan a ser una nueva canción. Hay nuevas melodías, nuevos instrumentos e incluso se atreve con alguna reescritura sobre la letra foránea. Está por ejemplo ‘Bad Religion’, que abre el disco y en la que cuesta reconocer la original de Frank Ocean. O ‘Pa Pa Power’, una macarrada de Dead Man’s Bones, improbable grupo del actor Ryan Gosling. Cat Power versiona a contemporáneos –su amiga, Lana del Rey, o Nick Cave–, pero también a clásicos como Kitty Wells o Billie Holiday. Además, revisita una de sus canciones antiguas. Aquella ‘Hate’ de ‘The Greatest’ que rezaba «Me odio a mí misma y me quiero morir», ahora se titula ‘Unhate’ y evoluciona a un tiempo pasado: «Me odiaba a mí misma y quería morirme».

Uno de los comentarios de Youtube de la ya nombrada versión de ‘Pa Pa Power’ dice lo siguiente: «Chan encuentra la manera de deconstruir las canciones que versiona. Las hace trizas, encuentra su centro y después las canta desde su verdad». Tras esta certera reflexión, poco más que añadir.

Por María Alcaraz.

Nacho Vegas – Mundos inmóviles derrumbándose (Oso Polita)

El listón estaba francamente alto y la competencia, después de siete discos y un generoso surtido de epés y composiciones desperdigadas aquí y allá, era feroz, pero Nacho Vegas lo ha conseguido: bloqueo y bajón emocional mediante, el asturiano ha facturado con ‘Mundos inmóviles derrumbándose’ algunas de sus canciones más desoladas. Ayuda lo suyo que Vegas cante cada vez desde más abajo, con esa voz arrastrada y como de catarro ‘dylaniano’ que gasta desde que publicó ‘Resituación’, pero en este caso la herida por la que sangra ‘Mundos inmóviles derrumbándose’ no es estrictamente musical, sino que tiene que ver con esa mezcla de tristeza, soledad y retiro autoimpuesto en Ortiguera que el asturiano ha tardado un par de años en moldear. Una nueva vuelta de tuerca a su retablo de tragedias, fatalidades y versos con las mandíbulas apretadas que, pese a reflejarse en discos y estribillos pasados, tiene algo de borrón y cuenta nueva. De versión destilada y espartana del torrencial ‘Violética’ por un lado y de reconexión con la primera persona confesional del trágico ‘Actos inexplicables’ por el otro.

«Me buscaré en cada canción, lamentabas un día / Quiero volar lo que construí, con versos y melodías / Todo lo que te he cantado es una lista de erratas / Yo era igual que el ahogado, que arrastra a quien le rescata», canta ahora Vegas en ‘Esta noche nunca acaba’, una de las canciones que mejor captura la atmósfera de un disco que, entre la ternura y la crueldad, entre la bomba puertorriqueña de ‘La flor de la manzana’ y el country asturiano de ‘Muerre’l branu’, versión del ‘Summer’s End’ de John Prine, orilla pellizcos eléctricos y exuberancia instrumental para desnudarse entre cuerdas sutiles y guitarras esqueléticas.

Sólo la rotunda ‘Big Crunch’, garbosa ‘canción-panfleto-bomba’ con la que pone a Billy Bragg y Phil Ochs a los pies de Nina Simone, altera ligeramente el rumbo de un volteo sonoro que, como ya ocurrió con ‘El Manifiesto desastre’, llega de la mano del cambio de músicos (salen los miembros de León Benavente y entran Cristian Pallejà, Ferran Resines, Hans Laguna y Juliane Heinemann). También como entonces, Vegas aprovecha el salto de página para reencontrarse con la primera persona de forma magistral (espléndida ‘El don de la ternura), batirse en duelo consigo mismo entre destellos de épica marinera (‘El mundo en torno a ti’) y llorar a amigos caídos (‘Ramon In’). El viaje es breve, apenas nueve canciones (diez en a versión física) que saben a poco al lado del atracón de ‘Violética’, pero hallazgos como ‘Belart’ o ‘Un principiu de crueldá’, con algo del ‘Dream Baby Dream’ de Suicide, vienen a confirmar que el asturiano está cada vez más cómodo en ese folk-rock de contornos borrosos y cielos encapotados tras los que, a pesar de todo, se intuye cierto horizonte esperanzador.

Por David Morán
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Elvis Costello & The Imposters – The Boy Named If (EMI)

En otra muestra del poder reparador y creativo del arrepentimiento, Elvis Costello ha pasado de insinuar, harto del ruinoso trajín de la música digitalizada, que no volvería a pisar un estudio de grabación a descolgarse, al borde de los setenta años y tras superar un cáncer, con una trilogía que no baja del notable alto. Un fructífero renacimiento que se inauguró invocando al espíritu del Brill Building (‘Look Now’, 2018), avanzó por los territorios del Tin Pan Alley (‘Hey Clockface’, 2020) y culmina con este “The boy named If”, que se configura como un regreso a las esencias urgentes del pub rock de la mano de The Imposters, la engrasada maquinaria de acompañamiento que prácticamente repite la alineación titular de los míticos Attractions (hace tiempo que el bajista Bruce Thomas salió de las convocatorias).

Un movimiento que recuerda al de ‘Brutal Youth’ a mediados de los años noventa, aunque la idea de retorno al punto de partida es una verdad a medias. Sí, el pistoletazo de salida de “Farewell, OK”, con el retrovisor directamente enfocado en Carl Perkins, es una flamígera carta de presentación que parece recién rescatada de los surcos de “My Aim Is True”. Pero, a pesar de articularse como una propuesta temática en torno a esa intolerable costumbre conocida como madurar, el trigésimo segundo disco de Declan MacManus es cualquier cosa menos homogéneo. En menos de una hora conviven muchos de los ‘otros Costello’ (faltan, por ejemplo, el vaquero melancólico el intruso en la platea de la música culta) que se han dado codazos durante cuarenta y cinco años de trayectoria: el artesano pop que se mira en el espejo idealizado de McCartney (‘Penelope Halfpenny’), el truhán-señor que se siente cómodo en su traje de ‘crooner’ y emula la elegancia sofisticada de Burt Bacharach (‘The Red Rose Blue”) o esgrime el aguijón envuelto en seda de Randy Newman (‘My most beautiful Mistake), el cínico desenmascarado que reaviva las llamas de su corazón soul (‘What if I Can’t Give You Anything but Love”), el arqueólogo que se hunde en las raíces del R&B y lo abona con estiércol punk…

Un cuadro completo que remite a escenas del pasado sin aventurarse en nuevos horizontes (algo reprochable en un tipo con incansable alma de explorador), pero en el que se aprecian un pulso firme y vigoroso (a pesar de que algunos temas se alargan más allá de lo que parecían exigir) y toneladas de sabiduría acumulada para armar, como si fuera la cosa más sencilla del mundo, fabulosas piezas de orfebrería como ‘The Difference’, impulsada a otra dimensión por los mágicos teclados de Steve Nieve, o ‘The Death of Magic Thinking’, en la que resuenan y retumban henchidos de euforia los tambores cercanos del desencanto. Está clarísimo que el tiempo es un bastardo implacable, pero a estas alturas Costello está hecho un chaval (resabiado, vale, pero eso ya venía de fábrica).

Por Fernando Pérez
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