Inicio Nacional ‘En torno a la estupidez’, de Roland Breeur

‘En torno a la estupidez’, de Roland Breeur

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Es preciso saludar el invariable acierto de la colección ‘Filosofía y pensamiento’ de la Editorial de la Universidad de Granada que, desde hace años y dirigida por los profesores de esta universidad, Luis Sáez Rueda, Óscar Barroso y Javier de la Higuera, viene estando implicada en ofrecernos, a modo de ‘cuestiones abiertas’, textos de pensadores contemporáneos de indiscutible relevancia que suponen, y de ahí la exquisitez en cada elección de su catálogo, potentes interpretaciones y agudos diagnósticos de nuestro presente.

En esta ocasión, y con las miras puestas en hacer compatible la especialización académica con el interés por auscultar los problemas que nos desafían en nuestra realidad contemporánea, la mencionada colección acaba de publicar el libro de Roland Breeur, profesor de la Universidad católica de Lovaina experto en fenomenología y filosofía continental, ‘En torno a la estupidez’. Cumpliendo con la promesa del título, Breeur no nos propone una ‘teoría’ de la estupidez, sino un modo de aproximación a este ‘concepto’ que opta por moverse lentamente a su alrededor, para abordarlo poco a poco desde diferentes contextos, pero sin darle tregua, como si se tratara de un asedio: «no desafiando a la estupidez de manera frontal, ‘sino orbitando en torno a ella’».

En este abordaje circular, con potente vigor narrativo y amena escritura, Breeur nos invita a perseguir con él las huellas de diversos pensadores que se han aventurado en el estudio de la estupidez: Sartre, Bergson o Deleuze, con un modo de exposición filosófica que rivaliza con la literatura para demostrar que un pensador ya nada tiene que ver con la figura meditativa, reflexiva o profesoral del filósofo académico.

De ahí, su constante recurso en este libro a la gran literatura (Cervantes, Hölderlin, Thomas Mann, Flaubert y Proust, indispensables en las páginas de Breeur para su asedio al ‘fenómeno’ de la estupidez), que siempre ha experimentado una irresistible inclinación por lo grotesco, por lo idiota o lo estúpido, desvelando con ello «una fascinación por los mecanismos propios de la estupidez y por su manera de infectar un pensamiento».

La estupidez siempre retorna
Roland Breeur no prescribe recetas para superar la estupidez ni pretende enmendarla o salvarnos de ella, simplemente, la disecciona y nos la devuelve reflejándola como el espejo de nuestra propia estulticia. No se engañen, como en las puertas del infierno de Dante, abandonen toda esperanza al traspasar el umbral: la estupidez es «invencible», «incurable» y «tiene la solidez del granito». En ese sentido, muestra similitudes con la superstición. Aunque uno sepa que su creencia es infundada o que está equivocada, la estupidez siempre retorna. Es «nuestro destino compartido». De ahí la tendencia a pensar, como se explicita en uno de los capítulos del libro que lleva este título, que «la estupidez es siempre la estupidez del otro».

Con esto llegamos a la tesis fundamental que se quiere defender: la estupidez misma es de naturaleza «trascendental». Y porque la estupidez siempre menoscaba lo «trascendental» de nuestro pensamiento, la filosofía debería adoptar cierta modestia o, cuando menos, cierta reserva. Y grandes dosis de «generosidad» («la cara oculta de la estupidez no es el saber, sino la generosidad», escribe Breeur).

¿Qué nos quiere decir Breeur con esta especie de divisa que retoma de Deleuze? Tal y como aclara Francisco Javier Alcalá en su introducción, «la primera consecuencia del estatus trascendental de la estupidez es que nadie está exento de ella: es consustancial al pensamiento» y lo amenaza desde dentro. La estupidez no es, entonces, lo contrario del pensamiento o su cara negativa, coincide precisamente con su propia estructura, puesto que no hace sino expresar el sinsentido del pensamiento como tal, el fondo oscuro e impersonal a partir del cual un pensamiento se constituye.

Estupidez y error
La investigación que Breeur acomete encuentra su punto de partida en una pregunta ya formulada por Deleuze en su libro ‘Diferencia y repetición’: «¿Cómo es posible la estupidez (y no el error)?». Desde el modo tradicional de entender el pensamiento, la estupidez se ha explicado siempre a partir del error. Expresar por inadvertencia un gazapo del tipo «Platón fue un césar romano» no nos convierte en estúpidos. Constituye un defecto de naturaleza accidental, empírica. Tratándose de una falta de formación, de una muestra de precipitación y atolondramiento o de un carácter irreflexivo, es posible explicar el origen de esta desviación y ponerle remedio. Esta «estupidez» es inofensiva, inocente, pueril.

Para explicar en qué consiste un «error», Breeur se sirve de Descartes, ya que la concepción cartesiana presupone que el pensamiento está insuflado por una inclinación ‘innata’ que guía a priori el pensamiento hacia la verdad. Para Descartes, esa inclinación es ‘le bon sens’, el buen sentido o la sana razón que, según reza en su célebre formulación, «es la cosa del mundo mejor repartida». Esa capacidad nos permite distinguir lo correcto de lo falso. En consecuencia, el error es accidental o empírico, puesto que no perjudica a la buena disposición innata del pensamiento.

Acaso el error sea únicamente un déficit de claridad en la razón o un defecto de la ‘buena voluntad’ (en los modelos tradicionales, «la búsqueda de la verdad ha estado siempre impregnada de connotaciones morales»). Ciertamente, no basta con poseer un ‘bon sens’, «lo principal es aplicarlo bien» y, de ese modo, la estupidez no es sino una «prolongación del error».

Un niño no es ‘culpable’ y sus ingenuidades nos resultan placenteras. Un adulto sí lo es, ya que sus juicios deberían ser cuidadosos e informados: el estúpido se comporta entonces como un mentiroso, dando muestra de «mala voluntad». El ‘método’ cartesiano sirve, en definitiva, para preservar al pensamiento del ‘afuera’ y de lo que lo desvía (por ejemplo, el cuerpo) de su ‘recta orientación’.

La conclusión de Breeur es que, a partir de esa asimilación tradicional de la estupidez con el error que va desgranando en su libro, se ha podido solidificar un pensamiento «normativo» y «moral», un pensamiento «reactivo», usando el término de Nietzsche, que ya no es afirmativo ni creativo. ¿Por qué no? Porque ese pensamiento ya no crea nada, está regulado por verdades que tienen estructura de abstracciones con validez general y que el pensamiento ha adquirido sometiéndose a principios.

La estupidez y las verdades sin ningún valor
Se trata, en definitiva, de un pensamiento basado en opiniones fuera de lugar, descontextualizadas, en clichés y en verdades sin ningún valor. El verdadero ámbito de la estupidez no es, por tanto, el del error o la indiferencia hacia una verdad. Sometiéndose al ‘sensus communis’ y persiguiendo verdades y seguridades que nadie cuestiona (académica o políticamente correctas, por ejemplo), la estupidez supone una indiferencia con relación al ‘valor’ de una verdad, con relación a su ‘sentido’.

El pensamiento, nos dice Breeur, tiene que pasar la prueba del sentido y del valor: «siempre es en un contexto concreto donde el pensamiento se ‘despierta’ y la cuestión de la verdad cobra sentido». Cuando no lo hace, la estupidez se refleja en nuestra incapacidad de medirnos con las exigencias de la «realidad». Al fin y al cabo, somos el resultado del modo en que nos relacionamos con lo real («la estupidez reside posiblemente en el hecho de perder la realidad»).

Existe, por tanto, y esta es otra de las tesis fundamentales del libro, un estrecho vínculo entre la estupidez y la individuación, el proceso por el que un ‘sujeto’ se vuelve independiente. La estupidez se infiltra en un complicado engranaje de presuposiciones, verdades, opiniones variadas y profundas convicciones que han ido creciendo juntas, imbricándose hasta configurar parte de «lo que somos como individuos». Un sujeto se erige y se desarrolla a partir de este complejo engranaje. De ahí el constante acecho de la estrechez de miras y de la limitación a un «punto de vista individual». La estupidez se transforma entonces en una incapacidad para permanecer abierto y poder relacionarse de modo adecuado con aquello que, precisamente, ese punto de vista subjetivo hace añicos: una ‘realidad’ que excede y traspasa mi estrecho mundo.

Estupidez e individualidad
La estupidez no concierne al territorio de nuestros conocimientos y opiniones, sino que ‘cristaliza’ en una individualidad, en la persona entera. Cualquier individuación de una conciencia operada en una persona concreta ha de ser entendida como una «cristalización» alrededor de lo que nos amenaza, y hace pedazos cada uno de nuestros puntos de vista, permaneciendo ajeno e indiferente a nuestro mundo interior. Lo ‘personal’ es el resultado de un proceso de asimilación y sedimentación que la propia persona no controla y que lo amenaza constantemente. Este vínculo entre la estupidez y lo individual resulta así abrumador e ‘inquietante’, pues permite que se vea con qué fuerza la estupidez coincide con el modo en que una persona se comporta y con los fines que persigue: las ‘convicciones racionales’ y las ‘verdades’ pueden ser fruto de sesudas y profundas reflexiones, pero se han formado en la necesidad de aplacar nuestro ‘fondo’ irracional.