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Joaquín Benito de Lucas, homenajeado en Talavera

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La pasada semana, bajo el título ‘La experiencia de la memoria’, el Centro Cultural El Salvador, de Talavera, acogió varias jornadas en recuerdo y homenaje al poeta Joaquín Benito de Lucas, fallecido el pasado mes de mayo. Entre los diversos actos tuvieron lugar dos mesas redondas: en la primera de ellas, coordinada por José Pulido, los poetas Miguel Ángel Curiel, Rafael Morales y yo mismo, evocamos la figura humana y literaria de Joaquín. La otra mesa, coordinada por Pablo Rojas y compuesta por los profesores Jaime Olmedo, Carmen Ruiz Bravo-Villasante y Abraham Madroñal, se centró en la faceta profesoral y académica del poeta.

En 2016 prologué la que se convertiría en la última de sus antologías, La luz que me faltaba, que incluía sus diez últimos libros editados. A propósito de esa recopilación escribí que la poesía de Benito de Lucas gira en torno a diez nombres o conceptos fundamentales que son una precisa y coherente síntesis de toda su obra. Tales nombres son la escritura, la canción, el viaje, los senderos, la inocencia, la niñez, la memoria, la familia, el río y la ciudad.

Los dos primeros (escritura y canción) remiten al propio acto creativo y a ese oficio cantor que JBL ha afrontado siempre con una actitud intimista y confesional, trascendiendo y convirtiendo lo autobiográfico en materia lírica. Una escritura que –así se afirma en La escritura indeleble- queda como testimonio de lo vivido o de lo recordado, y que se ha ido fraguando en un estilo claro, sencillo, poco dado a florituras retóricas, y a través del cual se pretende aunar verdad y sentimiento, dos valores que -según él confesó- «yo utilizo en mi poesía para intentar simular en ella la verdad de la vida».

Los nombres viaje y sendero remiten a un concepto de la vida como peregrinaje, como aventura y como búsqueda; una búsqueda que se concreta en lugares reales que forman parte de su biografía (Berlín, Damasco, la India o Talavera), pero que poseen también un significado simbólico. Según eso, el viaje o el sendero pasan a ser un reflejo de la aventura interior, de la experiencia intelectual, una metáfora de la búsqueda del misterio o del conocimiento, como puede observarse en los poemarios Invitación al viaje o Los senderos abiertos.

Los nombres inocencia y niñez (de sus libros La mirada inocente y El reino de la niñez) definen otro de los temas esenciales de Joaquín Benito de Lucas: por un lado, la búsqueda de la pureza, su manera de ver el mundo a través de una mirada limpia; y por otro, su evocación de la infancia entendida como un reino que a veces fue un paraíso de la dicha y otras un purgatorio del sufrimiento y el dolor. El tirón regresivo del poeta le lleva continuamente a esas evocaciones del pasado cuyo protagonista es un niño que, como tantos de su generación, vivió el infierno de la posguerra.

Necesariamente entrelazado con los dos nombres anteriores, el de la memoria es un eje fundamental de su obra, hilo conductor de su libro El haz de la memoria y auténtico motor de su lírica, eje en torno al cual se mueve su universo poético, fuerza motriz que le impulsa hacia el reencuentro consigo mismo y con la pureza de sus orígenes. La memoria es considerada no sólo como un espacio fecundo donde crecer, sino también como una patria verdadera, como un rasgo de su propia identidad lírica. Para Benito de Lucas los recuerdos no son un simple asidero de nostalgia, son una sustancia nutricia, raíz y savia del alma del poeta.

Otro de sus nombres imprescindibles es el de la familia, que aparece como una sucesión de rostros y de nombres que pueden coleccionarse en las páginas de un álbum: rostros como el de aquella madre que alimentaba a siete bocas «hambrientas de ternura», o aquel padre pescador que se sabía de memoria la música del río y «llamaba por su nombre a los peces». En otro plano menos íntimo, la familia también se concibe como soporte para reflejar la crónica de una época oscura, la de los años cuarenta, que a él y a los de su generación les tocó vivir.

Nombre también esencial es el río, auténtico cauce vertebral de una lírica marcada por la presencia casi obsesiva del agua, y donde los versos de JBL, como él los define, son «un río de palabras». Además de dedicarle dos plaquettes monográficas (Al son de mi río y Canto al río Tajo), el tema del río en su obra es una realidad tan viva y fluyente que, en ocasiones, podría afirmarse que no es el poeta quien canta al río, sino que es éste quien suena dentro de sus versos. El río se presenta también como un rasgo casi heráldico de la identidad del autor, quien fue nieto e hijo de pescadores. Y el río, en fin, es como un signo polivalente que incluye a todos los nombres anteriormente citados, porque no sólo es una representación del viaje y el sendero, sino también la memoria de la infancia, el símbolo de la purificación y la búsqueda, el escenario de los recuerdos…

Y finalmente, la ciudad. La ciudad de las redes azules, Talavera. Un escenario no sólo concebido como espacio real donde se materializa la biografía del poeta, sino también como un espacio íntimo que, según Abraham Madroñal, ha sido elevado a símbolo. A su ciudad natal, la de las tres culturas, le dedica precisamente el poeta su trilogía final compuesta por tres plaquettes: Canción del ánfora, Canto al río Tajo y Oda a mi ciudad. La ciudad para Benito de Lucas es un anclaje en el mundo, es como una profunda raíz que le nutre y le sostiene. De ella tuvo que marcharse, pero nunca dejó de regresar. La ciudad de su río, de sus recuerdos y de su álbum de familia, patria mayor de sus orígenes, es el lugar donde él esperaba quedarse para siempre, como confesó en aquellos emotivos versos finales de la Canción del ánfora:

Ahora que estoy

al final de mis años

vuelvo a pedir perdón y me arrepiento

de haberte abandonado. Sin ti yo no soy nada.

Ciudad, nunca me olvides,

guárdame en tu memoria cuando muera.